jueves, 24 de marzo de 2011

Te juzgarán por tus actos, no por tus palabras.

Acto I

“Jovenzuelo” es una palabra que siempre suena en mi interior con la voz de Fernando Fernán-Gómez, con ese tono suyo tan característico entre resuelto y categórico. Esa palabra y la expresión “¡a la mierda!” son las dos cosas que tienen asignada esa voz en mi interior.

Tengo una variante consistente en la expresión “¡vaya usted a la mierda!” que la tengo asignada a la voz de José Antonio Labordeta.

Acto II

Cuando era un “jovenzuelo”, de vez en cuando escribía palabras que me resultaban sonoras, ricas, contundentes, emocionantes o significativas y trataba de detallar a su lado las sensaciones que despertaban en mí al leerlas o escucharlas, tratando de describir el sentimiento, la percepción y la reacción emocional y corporal que me producían.

Hoy he vuelto a recordar aquellos papeles y definiciones al escuchar en la radio la palabra decrépito.

Justo después de experimentar la sorpresa de volver a encontrarme con una de esas palabras que llaman la atención por lo poco habitual que resulta volver a oírlas, no he podido evitar sentir la vejez, el desgaste, el deterioro, lo ajado y lo frágil de algo que agota su existencia próximo a su final, con la vulnerabilidad y el riesgo de pulverizarse de una burbuja de finísimo cristal gris y ahumado.

Acto III

También me llaman la atención de vez en cuando algunas expresiones que se utilizan muy poco en mi entorno.

Hay frases que cuando alguien vuelve a pronunciarlas o escribirlas por primera vez después de un tiempo me provocan media sonrisa; cuando en ese mismo día vuelven a aparecer debo expresar sorpresa, porque si hay alguien cerca suele preguntar qué ha pasado.

Cuando aparece la misma expresión poco habitual cuatro o cinco veces en tres o cuatro días, directamente lo comentas o lo escribes (al menos yo).

Me acaba de pasar con “¿Qué haría/mos sin ti/vosotros?”. Cuatro personas distintas en tres días seguidos han dicho o escrito esa expresión.

Además es una de esas frases hechas a las que no te preocupas en responder más que con un gesto de quitar importancia al asunto. Sin embargo, en estas ocasiones y sin que me haya ocurrido habitualmente en otras, sí me dio por pensar en qué haría o no cada persona sin mí o sin el grupo al que se refería y en el que me encontraba.

Fui capaz de imaginar qué podrían hacer esas personas en mi/nuestra ausencia y constaté por qué hemos asumido con naturalidad esa respuesta instintiva de no dar importancia a la cuestión o halago.

Y es que como dijo el sabio “no somos nadie”.

Fundido de luces y fin.